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Noticias Musicales

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Los amantes del jazz recuerdan el genio y el arte del clarinetista Benny Goodman, una de las leyendas de la música estadounidense que mañana cumpliría 100 años, de la mano del homenaje que le rinde en Manhattan el Centro Lincoln de Jazz. Benjamin David Goodman (1909-1986) es de nuevo protagonista de la programación de jazz en Nueva York, gracias a las sesiones especiales que le dedica la Orquesta del Centro Lincoln de Jazz, que interpretará los temas que "el rey del swing" ofreció en su famoso concierto de 1938 en el Carnegie Hall.

Las melodías de temas como Sing, Sing, Sing, After You've Gone o One O'Clock Jump suenan de nuevo con fuerza en Manhattan gracias al homenaje que le rinde la conocida orquesta de jazz, que en esta ocasión dirigirá Bob Wilber y que estará acompañada por otros conocidos clarinetistas como Buddy DeFranco y Ken Peplowski. "Tengo muy buenos recuerdos del tiempo que me pasé trabajando junto a Benny. Ha sido un gran privilegio para mí estar asociado a un músico que dejó la calidad de la música en un lugar muy elevado", dijo hoy en un comunicado Bob Wilber, quien en los años cincuenta y sesenta trabajó mano a mano con Goodman y otros genios del jazz.

"En los años treinta, el país aún sentía los efectos de la crisis y la gente necesitaba algo que los animara y los hiciera sentirse felices de nuevo. Entonces llegó el clarinete de Goodman"

El concierto del Carnegie, el mejor

Wilber dirige estos días la recreación del concierto que Goodman ofreció junto a su banda el 16 de enero de 1938 en la emblemática sala neoyorquina y que fue descrito por la crítica de la época como "el mejor concierto de música popular de la historia". Ese recital, que Goodman ofreció diez años después de llegar a Nueva York desde su Chicago natal, demostró el gusto por el jazz que empezaba a profesar el gran público cuando EEUU aún se recuperaba de la Gran Depresón. "Benny Goodman fue un gran ejemplo de una persona que está en el lugar adecuado en el momento adecuado. En los años treinta, el país aún sentía los efectos de la crisis y la gente necesitaba algo que los animara y los hiciera sentirse felices de nuevo. Entonces llegó el clarinete de Goodman", explicó Wilber.

Goodman, según se recuerda hoy en su página electrónica oficial, reconoció que "aquella noche en el Carnegie Hall fue una gran experiencia, pese a que, cuando me ofrecieron la oportunidad de actuar por primera vez, tuve mis dudas". "Personalmente fue una verdadera emoción salir a ese escenario en el que el público, que incluso nos escuchaba sentado sobre las tablas, rodeaba a la banda y felicitaba a todos los músicos por lo que estaban haciendo", dijo Goodman sobre un recital que marcó su carrera para siempre.

Nueva York estuvo ligado siempre así a este genio del clarinete quien acabó sus días hace veintitrés años como consecuencia de un ataque al corazón precisamente en su apartamento de Manhattan. Goodman, que había nacido en el seno de una familia humilde, supo hacerse un hueco a tiempo entre los músicos que descubrieron el jazz al público blanco y, después de recibir formación musical, recorrió el país ofreciendo conciertos que harían historia. Antes de la estelar noche en el Carnegie Hall, Goodman ya había conseguido la fama en 1935 en el Palomar Ballroom de Los Ángeles, una velada que muchos historiadores consideran el nacimiento del swing que tan bien representó.

Goodman pasó a la historia, además de por conciertos memorables, por intentar derribar la barrera racial al unir a músicos negros y blancos sobre el escenario, y también por haber ofrecido conciertos en la Unión Soviética en 1962, en plena Guerra Fría, con el apoyo del Departamento de Estado de EEUU. "Benny Goodman es nuestro embajador internacional con clarinete", dijo el entonces presidente de EEUU, John F. Kennedy, a la vuelta de Goodman de su gira rusa. La celebración del centenario de Goodman seguirá adelante en el Centro Lincoln de Jazz el próximo 6 de junio con el espectáculo Who is Benny Goodman? (¿Quién es Benny Goodman?), un concierto en el que el clarinetista Víctor Goines acercará la historia y la obra de Goodman a la audiencia infantil.

Los sentimientos expresados musicalmente se entienden igual en todo el mundo y la música logra superar sin mayores dificultades las barreras entre las culturas, según un estudio del Instituto Max Planck de Neurología de Leipzig (Alemania). Un grupo de trabajo dirigido por Max Fritz demostró que incluso etnias que nunca han tenido contacto con la música occidental, como los mafa de Camerún, reconocen en ella las emociones básicas que expresa.

Los mafa, a su vez, producen música que era totalmente desconocida para personas provenientes de la cultura occidental y que participaron en el experimento. El grupo de Fritz realizó dos experimentos de los que sacó sus conclusiones acerca de la capacidad de los seres humanos de reconocer la alegría, la pena o el miedo que se expresa piezas musicales pertenecientes a una cultura completamente ajena.

En el primero, se tocaron piezas breves para piano -compuestas siguiendo los principios de la música europea- ante un grupo de mafas y otro de control formado por oyentes occidentales. Tras cada una de las piezas los mafas debían relacionarlas con reproducciones de expresiones faciales de las que ya se ha mostrado que tienen una interpretación universal.

El ritmo marca la alegría

"Este primer experimento nos mostró ya que los mafa podían reconocer con éxito las tres emociones expresadas en la música occidental", explicó Fritz. La música con un ritmo rápido, según Fritz, tiende a ser identificada con la alegría mientras que para la tristeza o el miedo el ritmo es menos decisivo que la tonalidad.

En el segundo experimento se investigó si las sensaciones agradables o desagradables se transmiten de manera similar a través de la música mafa o de la música occidental. "Ya se sabía que las consonancias en los países occidentales son percibidas como más agradables que las disonancias", dijo Fritz. A partir de ello, el grupo de científicos quiso determinar si esto era igual entre los mafa.

Los mafas mostraron también una clara preferencia por las consonancias pero la diferencia entre la percepción de la disonancia y la consonancia no es tan marcada como entre los occidentales. "Cuando a un oyente mafa le gusta una pieza musical, suele gustarle también una versión disonante de la misma, aunque menos", explicó Fritz.

Enrique Bátiz dirigirá  en el palacio de Carlos V de Granada, a la orquesta de México. El que fuese un niño prodigio musical (a los cinco años ofreció su primera actuación pública al piano), llevará al Festival de Música y Danza de Granada un amplio repertorio de música sinfónica, desde Joaquín Rodrigo, pasando por Verdi, Beethoven o Wagner hasta el acervo mexicano de Ponce, Revueltas, Moncayo, Galindo y Chávez.

Batiz ha llevado a la orquesta, que fundó en 1971, a República China, Alemania, Francia o Estados Unidos, países algunos en los que ha aprovechado para hacer grabaciones. El director se ha preocupado por alimentar a sus músicos con el contacto de otros directores y él se ha nutrido de otras orquestas, como director huésped de la Orquesta Filarmónica de Londres, la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México y como director invitado de la Orquesta de la Universidad de Guanajuato.

Desde mucho antes de que su nombre fuera ensalzado internacionalmente gracias al fenómeno del Buena Vista Social Club, el guitarrista Manuel Galbán era bien conocido por ser uno de los grandes acompañantes de la música cubana y por el preciosismo de sus interpretaciones. Su guitarra y su talento, llenos de guiños cubanos y de erudición, enriquecieron la música popular con un fraseo muy personal y una sonoridad elegante que dejó huella en las agrupaciones por las que pasó, sobre todo en Los Zafiros, el legendario cuarteto vocal que marcó época en la Cuba de los años sesenta.

 

Galbán, natural de Gibara (provincia de Holguín), falleció el jueves a los ochenta años en La Habana, la ciudad adonde llegó en 1956 después de haber debutado profesionalmente con la Orquesta Villa Blanca. De formación autodidacta - sus hermanos también tocaban la guitarra y su padre el tres -, Galbán hizo su carrera a base de esfuerzo y de un sexto sentido que lo distinguió de los guitarristas de su generación, además de ser uno de los que con más fortuna introdujo la guitarra eléctrica en las orquestas cubanas.

En las biografías oficiales se le reconoce su modo peculiar de interpretar, siendo uno de los primeros en emplear habitualmente la mano derecha para silenciar el sonido de las cuerdas y extraer unos tonos secos que acercan la sonoridad de la guitarra a la de un instrumento de percusión. Su versatilidad y la influencia en su estilo de la música norteamericana, además de su suavidad en las maneras, acuñaron una 'estética Galbán', que adquirió su mayor fama con Los Zafiros.

 

En 1963 entró a este conjunto de armonía vocal y aportó su arte inconfundible a un repertorio que combinaba la tradición del 'filin' con otros ritmos musicales, como el bolero, el calypso, la bossa nova o el rock. Esta mezcla convirtió a Los Zafiros en uno de los grupos de pegada en la isla y tuvo considerable repercusión internacional. En los años setenta entró a formar parte del grupo Batey, con el que pasaría 23 años, y después pasaría por La Vieja Trova Santiaguera' hasta que Ry Cooder llamó a su puerta y entró a formar parte del proyecto de Buena Vista Social Club, con el que se hizo mundialmente famoso.

 

Participó en la grabación de la mayoría de los discos que hicieron como solistas las principales estrellas del Buena Vista, incluidos Compay Segundo, Ibrahím Ferrer y Rubén González, todos desparecidos, y también la diva Omara Portuondo. En 2001 grabó con Cooder Mambo Sinuendo, que obtuvo un gran éxito de público y crítica y con el que obtuvo el premio Grammy al Mejor Álbum de Pop Instrumental en 2003. Su último trabajo, Bluechacha, es un homenaje a su carrera y un repasó sus temas preferidos, en el que estuvo acompañado por Omara Portuondo y otros músicos.

 

La marca de un genio está en el barniz de los violines Stradivarius, los que construyó Antonio Stradivari en Cremona (Italia) desde 1665 hasta 1737. Los científicos que han hecho un análisis del legendario barniz que ha fascinado a músicos y lutieres, a historiadores y químicos, desde hace dos siglos, han encontrado que no existe ningún ingrediente secreto o misterioso. Los materiales que utilizó Stradivari eran los normales en las artes decorativas y los cuadros del siglo XVIII, según explican en la revista Angewandte Chemie.

El equipo formado por el especialista en instrumentos musicales Jean-Philippe Echard y el físico Loic Bertrand examinó cinco violines Stradivarius de distintos modelos que llevan al menos un siglo en la colección del Museo de la Música de París. Los investigadores tomaron pequeñas muestras, cada una de ellas de la madera y el barniz que la cubre, y las sometieron a exámenes espectroscópicos y microscópicos.

"Aunque los cinco instrumentos fueron producidos a lo largo de tres décadas, los barnices eran muy similares", explica Erchard. "Stradivari aplicaba primero una capa de un aceite similar a los utilizados por los pintores de la misma época, sin rellenos ni pigmentos para sellar la madera. No encontramos una capa rica en minerales, como sugieren algunos estudios anteriores. Luego aplicaba una capa de aceite y resina tintados. No hemos encontrado nada que sugiera la utilización de materiales proteicos, gomas o resinas fósiles".

En uno de los modelos no encontraron pigmentos de en la capa externa, mientras que en otro confirmaron el hallazgo anterior de pigmentos rojos. El trabajo de investigación fue muy complejo técnicamente y hubo que utilizar un elevado número de técnicas distintas.

La conclusión es que Stradivari utilizó materiales que se podían obtener fácilmente. El uso de varios pigmentos rojos diferentes le permitió dar diversos tintes a los instrumentos, que siguen manteniendo un bello aspecto.

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